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Restaurante Melós
Abierto en: 2025
Carrer de Mallorca, 303, Barcelona
Mediterraneo · 10/10 (5 opiniones)
Barcelona
Restaurante de autor de Miquel Pardo (CruiX) en el Eixample: solo menú degustación, cocina mediterránea con raíces de Onda y bodega de unas 220 referencias.
Melós, en valenciano y en catalán, es lo meloso: textura, placer, algo que se deja comer sin esfuerzo. Con esa palabra por bandera abrió Miquel Pardo a finales de 2025 en el número 303 del carrer de Mallorca, en la Dreta de l'Eixample, en el local que durante años ocupó el bar de vinos El Tros. Gastronomistas lo metió enseguida entre las diez mejores aperturas de restaurantes de Barcelona de ese año. Está abierto. Pardo, natural de Onda, en la provincia de Castellón, ya se había hecho un nombre en la ciudad con CruiX, su casa del carrer d'Entença; aquí le acompaña como cofundador Juan Bambini, que ha trabajado junto a cocineros como Nacho Manzano.
No hay carta. Todo pasa por el menú degustación, en versiones de distinta extensión levantadas sobre la misma base: hoy la Guía Michelin cita el Petit Melós, el Melós y el Gran Melós, más un menú ejecutivo para los mediodías laborables, el Menú il.lustrat. En la apertura, el diario Ara recogía un menú corto a 90 euros y uno largo a 120, ordenados por capítulos: Territori, inspirado en Cataluña; Origen, dedicado a Onda; un pase de codorniz titulado vida y muerte; un arroz de cigalas; y los postres. La propuesta de estreno se llamó Llar i Serra, hogar y sierra, por el camino entre la casa familiar y el interior castellonense. Para una primera vez, el más corto basta para entender la casa; el más largo es para quien ya viene convencido.
Lo que más se ha comentado empieza por lo más humilde: la secuencia de pan y aceite que abre el menú. Después, la raya a la cazuela con fideos, azafrán y limón y una paella tratada con la seriedad que cabe esperar de un cocinero de esa procedencia. Los postres tiran de memoria valenciana, con mandarinas del huerto de los padres del chef, chufa y horchata, fartons y mole. Los críticos coinciden en hablar de técnica extrema al servicio de sabores reconocibles y de un servicio cercano y medido, que es justo lo que se le pide a un menú largo para no hacerse pesado. El menú de mediodía que la casa anunció para 2026 ya existe, y es la opción lógica para una comida de trabajo sin perder la tarde.
La bodega pesa. Son unas 220 referencias, con 27 opciones por copa, que mezclan pequeños productores y nombres consagrados, jereces y espumosos, y una selección por copas pensada para acompañar el menú con criterio propio. Merece la pena aceptarla en lugar de elegir botella a ciegas. La vajilla, hecha a mano por artesanos, acompaña el relato de cada plato.
Se entra por una barra con juegos de mesa, detalle simpático que rebaja la solemnidad, y se pasa a un comedor sobrio presidido por obra del pintor Joan García Ripollés, con la bodega a la vista y la cocina abierta, sin tabiques, fundida con la sala. Al fondo hay un patio interior con plantas aromáticas, la mesa que conviene pedir si el tiempo acompaña, y la casa prevé abrir una terraza a la calle. Las reservas se hacen por teléfono, WhatsApp o en línea.
El tramo central de Mallorca concentra desde hace años buena parte de la restauración gastronómica de Barcelona, y la competencia en el menú degustación es dura: a pocas calles está Xavier Pellicer, con su alta cocina vegetal. Que Melós haya entrado en las listas de mejores aperturas en su primer año, con Los Foodistas hablando de una técnica que hace brillar lo sencillo y el Ara de producto local, comodidad y alegría, dice que ha encontrado su sitio. Y confirma una corriente: cocineros llegados de otras zonas del arco mediterráneo que traen a la ciudad un recetario propio, aquí el castellonense, hasta ahora poco representado.






