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Restaurante Maison Carne ●
Abierto en: Noviembre 2019
Carrer de Mallorca, 204, Barcelona
Steakhouse · 9.6/10 (1616 opiniones)
Barcelona
Sucursal barcelonesa de una casa francesa de plato único: chuletón de un kilo de vaca frisona al Josper, patatas caseras, ensalada y vino que se paga por centímetros.
Un chuletón de un kilo o nada. Esa es toda la carta de Maison Carne, o casi. La casa nació en 2019 en Béziers, en el bulevar Jean Jaurès, de la mano de restauradores franceses que querían aplicar a la carne la lógica del plato único que popularizaron cadenas como L'Entrecôte, y a finales de ese mismo año abrió en Barcelona su primera sucursal española. La pandemia la paró en seco. En marzo de 2021 el local del Eixample volvió a levantar la persiana, y desde entonces la marca ha sumado Girona, en la plaça Marquès de Camps, y varias ciudades del Midi como Montpellier, Nimes, Narbona, Perpiñán y Aix-en-Provence.
El corte es único y con hueso, de vaca frisona, ganado de origen lechero alimentado con pasto, y se exhibe en la vitrina que da a la calle. No hay medias raciones ni piezas dobles. La carne se atempera durante una hora a unos sesenta grados y después se marca en horno Josper; en la mesa espera una pequeña parrilla para que cada comensal termine el punto a su gusto. Llega con patatas fritas caseras y ensalada verde, y está pensada para dos. Al principio costaba 29 euros, una cifra que la casa ha ido actualizando con los años, con un pequeño suplemento cuando se comparte. Quien busque buey de larga maduración y cuchillo de ceremonia se ha equivocado de puerta; aquí se viene a comer carne sin complicaciones y a precio popular.
Antes del chuletón llega, sin coste, un paté artesano de Cabanes, elaborado en la localidad francesa de Douzens, con pan. Para los niños hay una hamburguesa de Angus con patatas. Y como el local funciona a la vez como restaurante y como carnicería, se puede comprar la carne cruda al peso, a unos 20 euros el kilo, para cocinarla en casa. Los postres mantienen el acento francés, con babá, mousse de chocolate y crème brûlée caseros, junto a una tarta de queso y una crema catalana. Para alargar la sobremesa hay una pequeña tabla de cinco quesos franceses, entre ellos Mimolette, Pérail, Saint-Marcellin y Fourme d'Ambert, que se cobra según lo que se consume.
El vino de la casa es el truco que todo el mundo comenta. Viene de la Coopérative d'Embres et Castelmaure y se sirve en botellas mágnum graduadas con una cinta métrica: se paga un euro por cada centímetro que baja el nivel. Divertido, y en una mesa de cuatro amigos, peligroso. Para salir de la fórmula, la bodega reúne referencias francesas y españolas de tintos, blancos, rosados y espumosos.
El interiorismo recrea una carnicería antigua sin disfrazarla. Paredes de cerámica, mesas de mármol y madera que evocan tablas de corte, barra de madera, cuchillos de carne preparados en cada servicio y vasos tallados a partir de botellas de vino recicladas: una escenografía sin artificio, coherente con la idea de democratizar el chuletón. El restaurante ocupa el número 204 de la calle Mallorca, en la esquina con Enric Granados, en plena Antiga Esquerra de l'Eixample. En sus primeros tiempos abría de martes a sábado a mediodía y por la noche, horario que conviene confirmar antes de ir. El comedor suele llenarse en las horas punta, así que reservar o llegar al primer turno es la forma de comer sin esperas. Para una cena de pareja carnívora o una comida de amigos que no quieren pensar demasiado qué pedir, difícil encontrar una fórmula más directa en el Eixample.






